sábado, 21 octubre, 2017

No son piquetes “informativos”, son camisas pardas

No son piquetes “informativos”, son camisas pardas

Hemos vivido estos últimos 30 años aceptando socialmente, por resignación o por costumbre, el eufemismo de los piquetes “informativos” y tragando una y otra vez los ciudadanos. Y la violencia que ejercen no choca, no acaba en los tribunales

No son piquetes “informativos”, son camisas pardas




No creo que ningún ciudadano tenga el derecho de, mediante la violencia, impedir a otro ciudadano que trabaje


Hemos vivido estos últimos 30 años aceptando socialmente, por resignación o por costumbre, el eufemismo de los piquetes “informativos” y tragando una y otra vez los ciudadanos. La batalla del lenguaje es la primera que se gana, son mafias, son camisas pardas, no piquetes informativos.

En la era de la información, del facebook y el twitter, más la televisión, la radio y otros muchos inventos que nos mantienen al día de lo que pasa, la huelga, que es un derecho fundamental, sigue contando con piquetes “informativos”, por si acaso.

Informar: por si no nos hemos enterado de que hay una huelga, hay gente muy despistada. Informar: unos amables señores te cuentan que ellos no van al trabajo y, por si no lo sabes, que hay gente que todavía estamos en babia, te explican e intentan convencerte de que tú tampoco vayas, que no acudas a tu trabajo, a comprar tampoco, ni a clase, porque entonces le bailarías el agua al gobierno o a los empresarios.

El fin de los piquetes informativos es pues facilitar información … en la era de la información e intentar por medio de la palabra bien dicha y mejor explicada, siempre de muy buen rollo y tono, que tú secundes la huelga, que también la hagas.  Y por eso, porque los piquetes informativos informan siempre estupendamente y hacen muy bien su trabajo, hemos visto estos días las imágenes que hemos visto. O las hemos vivido en primera persona.

La huelga es un derecho constitucional en España. Pero también es constitucional el derecho de otros ciudadanos para no secundarla e ir a su trabajo, al mercado, a dar o recibir clase, a pagar un recibo, a lo que les de la real gana.

Me es igual que la huelga sea política, que pretenda la convocatoria de un referéndum 8 meses después de las elecciones generales, o la retirada de determinadas medidas que pueden, por cierto, no gustarme nada. Voy a presuponer un fin defendible y honrado de la huelga: no tengo por qué dudar de la bondad de una huelga general, la segunda en lo que va del año.

Pero incluso con la bondad de su fin, y añadiendo incluso que no me importase nada ir de la mano de los sindicatos que la promueven o de los partidos que la secundan, creo que es igualmente defendible y respetable que yo no quiera ir a la huelga y que no por eso me vea amenazada en  el metro, en la calle, en mi lugar de trabajo, en el mercado o al acudir a un banco. Insultada para empezar, escupida, tratada de malas formas … O sorprendida en la calle con los cajeros saboteados o, si fuera otro tipo de trabajo el mío, golpeado el coche, empujado,  impedida para abrir el bar o estar en él, “me voy a quedar con tu cara”, “luego volvemos”, etc., etc.

No creo que ningún ciudadano tenga el derecho de,  mediante la violencia, impedir a otro ciudadano que trabaje, compre, vaya al banco, lleve a sus hijos al colegio,  se mueva por la calle, coja el autobús o se tome un café a media mañana. Y creo que la policía está para proteger que, de igual manera el derecho a la huelga se ejerce por quienes quieren ejercerlo, es igualmente digno de protección el derecho de quienes no la secundamos por razones que pueden ser muy variadas.

Pero no. Hemos vivido estos últimos 30 años aceptando socialmente, por resignación o por costumbre,  el eufemismo de los piquetes “informativos” y tragando una y otra vez los ciudadanos.  Y la violencia que ejercen, aunque no sea mayoritaria, forma parte ya del paisaje español, no choca, no acaba en los tribunales. Y ya está bien. Ya está bien de que nos den lecciones de democracia quienes defienden una huelga y no son los primeros en identificar y denunciar, no lo que puede llamarse de nuevo con un eufemismo periodístico “excesos” , sino delito, simple y llano delito.

Es un delito que alguien amenace a alguien por ir a trabajar, que lo empuje en su lugar de trabajo, que le haga cerrar un establecimiento o no poder abrirlo o echar a la calle a los que están en él. Por la fuerza lo hacen, contra la voluntad de otros ciudadanos.

Y  parece mentira que los mismos que se pregonan pacifistas y democráticos, que se les llena la boca con esas palabras, no reaccionen ante el ejercicio continuado, porque no es esporádico, de los mal llamados piquetes “informativos”, que no son tales porque actúan simple y llanamente como la mafia en los años 40 o los fascistas callejeros de antaño, como camisas pardas. Con la violencia. Son exactamente iguales.Y hasta que los propios sindicatos y los partidos que secundan habitualmente las huelgas generales no tengan ningún interés en cortar de cuajo semejantes desmanes, yo no iré a una huelga ni haré de compaña de semejantes bárbaros. La batalla del lenguaje es la primera que se gana, son mafias, son camisas pardas, no piquetes informativos.

Aurora Pimentel

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