Jueves, 24 Agosto, 2017

José en el país de los derechos


El miércoles era un día como otro cualquiera. Antes de ponerme a hacer recados tenía que pasarme por el cajero automático. En el portal me encontré con cientos de manifestantes que estaban ejerciendo su derecho a la huelga, y me fue algo complicado llegar hasta la puerta del banco, que estaba en sentido contrario al de la marcha. Era como un salmón remontando el río. Me resultó imposible sacar dinero porque algún huelguista había ejercido su derecho a atizarle con una maza en la pantalla. Me costó un buen rato encontrar un cajero sobre el que no hubieran ejercido derechos. Me acerqué hasta la frutería, y me extrañó encontrarme a Paco, el frutero, en la puerta.

-¿Qué tal Paco? –dije amablemente.

– Hola José, bien, aquí, esperando al cerrajero.

Alguien había ejercido su derecho a sellarle la cerradura con silicona. En ese instante llegó la furgoneta que suministra a Paco la mercancía cada mañana. Venía con dos cristales rotos y unas cuantas pegatinas adornando su parabrisas. Los huelguistas habían ejercido su derecho a apedrearle la furgoneta cuando intentaba entrar en Mercamadrid. Lo de las pegatinas era simple información sobre la huelga, que amablemente le habían dejado en un lugar visible.

Se me hacía algo tarde, y como tenía consulta en el hospital decidí ejercer mi derecho a ir andando, porque los manifestantes estaban practicando su derecho a cortar el Paseo de la Castellana y era imposible moverse en autobús. En la puerta del hospital un grupo de piquetes estaban ejerciendo su derecho a informar con cordiales gritos y empujones. Mejor dejarlo para otro día.

Como no tenía fruta, dije… ¡qué demonios! Un día es un día. Voy a comer de McDonald’s, también tiene uno derecho a saltarse la dieta de vez en cuando. Lástima que después de tomar esa difícil decisión alguien había ejercido su derecho de reventar todos los cristales del restaurante con unos adoquines del tamaño de un melón. A mí, personalmente, unos cristales rotos no me impiden disfrutar de una hamburguesa, pero como también habían inutilizado las cajas registradoras y habían cogido prestadas las sillas y las mesas para ejercer su derecho a montar una barricada envuelta en llamas en el centro de la calle, la cosa se me complicó un poco.

Pero ese día también había gente ejerciendo su derecho a trabajar. Trabajadores que sudaban tinta para intentar limpiar las pintorrejeadas de spray que embellecían sus escaparates recordándoles su derecho a la huelga.  Un verdadero logro de la civilización, sí señor.

De vuelta a casa, sin fruta, sin haber hablado con mi médico, sin hamburguesa, me encontré con que todos los bares estaban llenos de huelguistas ejerciendo su derecho al aperitivo para reponer fuerzas, y así poder seguir repartiendo derechos a lo largo de la tarde. Porque una Huelga General dura veinticuatro horas, y todo el mundo tiene derecho a una pequeña pausa en su jornada laboral.

 José Cabanach

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