Miércoles, 26 Abril, 2017

Comunismo sincronizado


comunismo-sincronizado

Varias azafatas posan ante el retrato de Mao Zedong que preside la Plaza de Tiananmen en Pekín. / ED JONES / AFP

 

Una mujer, una lámpara. No es difícil escucharlas. Imaginen conmigo el sonido descendente de un carillón, nota a nota, moño a moño. Una muralla de hembras bien peinadas, anónimas, intercambiables, que acompañan a Mao – ya sabrán, supongo, que ellas los prefieren comunistas – y custodian la Ciudad Prohibida con el misterio propio de su sexo.

Usar a las mujeres como elemento decorativo es una pésima señal para un régimen político. “Nos preocupa la creciente corrupción”, dicen, y sólo nos queda añadir: “EN EFECTO”. Pero no voy a tediarles demasiado con el desarrollo de mi feminismo de corto alcance, ni tampoco con mis conclusiones después de observar al sexo débil como si no fuera mi propia especie. Sólo un poco. Porque me asombra comprobar cómo la belleza parece contraponerse a la inteligencia incluso a los ojos de sus portadoras. Evocaba hace unos días Sostres la perfección femenina como si la salvación del mundo dependiera de ella, sin embargo basta abrir cualquier pantalla para ver cómo en lugar de asombro suele despertar voracidad. Y me admira la naturalidad con la que mis compañeras de género permiten según qué confianzas sólo por resultar apetecibles a ojos ajenos.

Recuerdo por ejemplo a María, una antigua compañera de trabajo: rubia, silueta barbiesca, mente brillante y astucia de serpiente (porque bondadosa tampoco era), riendo las babas de los clientes que, sin embargo, trataban como iguales a los varones de la reunión. Como si ser más lista que todos ellos, María, no te bastara. Una imagina que al encontrar algo hermoso lo primero es callar y escuchar. Y, sin embargo dentro del Congreso del partido no se encuentran estas chinas pizpiretas – es un puzle de corbatas y occidentalísimas solapas. Y un par de señoras, sí, pero señoras feas. ¿Cómo va a salvar el mundo la belleza si la usamos de attrezzo?

No les aburriré con estas cosas, decía, porque lo que me oprime el pecho al ver esta imagen tan bien compuesta es el deseo de ser bellos a la fuerza. “Simetría, mete más simetría y unifórmalo todo bien: quedará bonito sí o sí”. Y sí. Pero.

Todas las fotografías de propaganda de este evento hacen crecer en mí un desconocido afecto al capitalismo, a un individualismo ególatra y desordenado. No es necesario que levanten la mano a la vez, con el mismo ángulo de flexión del brazo, compañeros. Los bollos que acompañan a su té pueden orientarse en diferentes ángulos, camaradas. Y vosotras, juventud florida de la China del futuro, podéis trepar a un taconazo para quebrar la línea horizontal que marcan vuestras cabezas. Así, quizás, os topáis con un horizonte propio y rompéis filas, el pelo suelto, la Ciudad Prohibida desamparada a vuestras espaldas.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. La cerrazón cultural (y política y social) china no supera en mucho a la occidental en cuanto a la concepción de la igualdad de trato en las mentes de los que nos dirigen y, a la sazón, a efectos prácticos, al funcionamiento de las políticas laborales; es algo que se sabe y de lo que no se habla mucho por “tradición”. No obstante la ridícula imagen que transmiten (o que dejan transmitir) desde china está sesgada y ese matiz no se indica cuando se informa de ello.

    Ejemplos de este sesgo:
    http://www.youtube.com/watch?v=9mVeZhOSX6s
    http://www.youtube.com/watch?v=BBaY2Rn3mWs
    http://www.youtube.com/watch?v=AiqPzlyfPCg

    Aparte del poco interés de las noticias, atención a los detalles que siempre se repiten:

    -Personas adultas muy sanas, jóvenes, trabajando (mujeres y hombres), todos con teléfonos móviles
    -Coches europeos de gama alta
    -Banderas de china
    -Ropa roja
    -Gran presencia policial

    Prácticamente en cualquier vídeo que muestre calles chinas se sigue este patrón, puesto que es lo único que las autoridades locales permiten enseñar.

    Hace poco un amigo estuvo de viaje de estudios en China para conocer el funcionamiento de los mercados y las empresas de allí y vino contando que las vistas desde las ventanas de las habitaciones de todos los hoteles en que había pernoctado eran espectaculares, pero que, curiosamente, todas las habitaciones de clientes occidentales contaban con vistas únicamente desde esa misma fachada. Las demás vistas eran desoladoras y, claro, siempre ocultas a ojos extranjeros.

    Lo que de allí nos llega es una imagen muy distorsionada de la realidad con que conviven y, pese a ser yo lego en las materias periodísticas, considero una indignante falta de verdad que, a estas alturas, nos sigan vendiendo una imagen de civismo y progreso falsa que en ocasiones, como en el que describe su artículo, además conlleva una carga chovinista trasnochada que no beneficia a nadie.

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