viernes, 20 octubre, 2017

Negocios a cualquier precio


Unas horas después de conocerse la tragedia del Madrid Arena, varios medios digitales habían hecho el trabajo de hemeroteca y habían publicado algunas de las avalancahas más graves de la historia. La más reciente, en Alemania, no difería demasiado de la que acaba de ocurrir. Cambia el escenario, el músico y los jóvenes. Pero siempre hay un problema de masificación.

La masificación tiene un sentido económico evidente: más ventas, más ingresos. El empresario es feliz cuando tiene lista de espera para acceder al producto o al servicio que ofrece. Tratará de resolverlo, pero es feliz. Pero llegan las malas artes: si quieren más, les damos más, y si no tenemos cómo, lo pintamos. En Halloween la Justicia determinará si el negocio lo pintaron o si lo revendieron –a nadie le dejaron quedarse la entrada como recuerdo, curioso- pero el hecho evidente es que lo hicieron. Y lo sabían. Sabían, porque no era nuevo, porque la historia se repite, que esas masificaciones pueden acabar en tragedia. Primó el interés económico.

El problema de Halloween como el de otros muchos negocios es que se pierde de vista la perspectiva humana. Cualquier actividad humana debería tener al hombre por centro, al hombre en su plena dignidad, en su plena humanidad. De ahí que no sirva como negocio la prostitución, que desvirtúa el plano sexual de la relación humana hasta degradarlo a un punto que ni los animales sostienen. La dignidad humana ahí desaparece, en la prostituta, en el chulo, en el cliente… No sirve. Es un negocio a cualquier precio. Tampoco la droga, que atenta contra ese templo que es el cuerpo del hombre.

Pero también hay negocios a cualquier precio que visten de corbata. Un ejemplo: negocio a cualquier precio ha sido el engaño de las preferentes –allí donde hubo engaño, no allí donde la codicia llevó al cliente a contratar un misterioso producto que daba duros a peseta–. Al que negoció a cualquier precio no le era difícil imaginar que, ni por lo más remoto, el jubilado recuperaría su inversión, o que aquella señora inexperta podía necesitar el dinero y se le estaba ocultando que jamás volvería a verlo. Ahí no contó la diginidad de la persona, que también pasa por ese concepto de propiedad privada que tan bien explica la Doctrina Social de la Iglesia.

A veces, el precio es el dinero; otras, es la persona; en las peores, es la vida. Y es  la propia sociedad a la que le corresponde el complicado papel de hacer entender que si la economía gira es porque es buena para el hombre. No es tan difícil. El secreto está en poner el foco donde tiene que estar: en Dios, sobre todas las cosas y en el prójimo como en nosotros mismos.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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