Jueves, 17 Agosto, 2017

Hope


Cordon Press

Cordon Press

 

Me gusta, me gusta una barbaridad. Le votaría para cualquier puesto al que se presentara: delegado de clase, presidente de la junta de vecinos, número uno de los cuarenta principales, amigo invisible, anything. Le votaría – menos mal que no me toca hacerlo – sin siquiera leer su programa. Haga lo que haga lo hace bien: la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ni siquiera demasiado perfecta, creo que me entienden.

Lo aclaro desde el principio para no ser sospechosa de antiobamismo. Porque, al ver estos rostros recibiendo la segunda venida del mesías, noto un sabor de escepticismo en el fondo de la lengua del que empiezo a estar cansada. ¿Qué hago yo siendo escéptica? Eppure tengo la certeza de que Obama no cumplirá ni de lejos la esperanza inmensa que ellos albergan. Ni siquiera podrá rozarla más allá de algún eslogan cómplice.

¿Qué esperan con esa chapa en la mano, dando la noticia del triunfo con la otra, elevando los brazos a los cielos – casi puedo oír el hallelujah – haciendo la autofoto del “yo estuve allí”? ¿Qué puede hacer Obama con su poder oval que le haga merecer su puesto en esas camisetas?

“Haga lo que haga lo hace bien: la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ni siquiera demasiado perfecta, creo que me entienden.”

Él mismo lo sabe. Del change we can believe in ha pasado al forward, porque cualquiera termina avanzando a poco que se lo proponga: basta dejar pasar el tiempo, por ejemplo, y sin esfuerzo alguno se avanza mes a mes de forma irreprochable. Ya no pide fe porque no tiene milagros escondidos en las mangas.

Pero no porque no lo haga bien. Lejos de mí jugar a ser analista de la política ultraatlántica (no sólo no faltan sino que das una patada a cualquier tuit y salen cinco). Aunque Obama hubiera cumplido todas sus promesas y hubiera gobernado para todos – dos de los grandes imposibles de cualquier gobierno, que todo candidato ofrece sabiendo que no podrá alcanzar -, aunque hubiera pacificado guerras y democratizado oleocracias, cerrado guantánamos, creado trabajos o garantizado una camilla limpia a cada americano; aunque hubiera sido el presidente que todo candidato desea ser – quiero esperar que quien se presenta desea, aunque sea una vez al día, antes de arrebujarse entre las sábanas, convertirse en un héroe de la historia -, Obama seguiría sin estar a la altura de la esperanza de ese público.

Ni de la nuestra.

En esas sonrisas más grandes que sus caras veo mis deseos de que el mundo sea otro, de que lo que pesa se aparte de mis hombros y de que alguien llegue donde no puedo llegar. La esperanza de algo que venza al lunes por la mañana y al domingo por la tarde. Hope. Y, por mucho que Obama construyera carreteras o Rajoy mantuviera a raya la prima de riesgo (porque de la palabra precisa y la sonrisa perfecta, en ese caso, mejor no hablamos), aquello que espero seguiría igual de lejos. O de cerca.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Honesto y dramaticamente verdadero. Por lo tanto, bello. Gracias Guadalupe

  2. Ángel Fernandez dice:

    Realmente está dama escribe muy bien. Tiene gracia, estilo, desparpajo y “dominio de idiomas”

  3. Lupe, escribes mejor de lo que me imaginaba. Claps, claps. #Polivalente

Deja un comentario