sábado, 16 diciembre, 2017

Se edita la poesía completa de la impagable Olga Orozco


Os presento a Olga Orozco, la conocí en todas sus edades, porque topar con los poemas de una escritora admirable es saber mucho de ella y su progreso. Fue pampera, nació en Toay, y murió en 1999, dejando en su mesilla de noche unos poemas últimos que ella bien sabía que los eran.

Me gustó desde que leí sus primeros versos, porque es sincera como la palabra de un profeta, como el agua. “Mi heredad -dice en una anotación autobiográfica- son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Creo en Dios, en el amor, en la amistad. ¡Qué más puedo decir! ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder?“.

Si uno desea saber qué es el matrimonio, que se ponga a leer los poemas de Olga Orozco cuando perdió al hombre de su vida. Nunca se habrá contado mejor ese lazo nupcial de la carne compartida, “mi mesa está rajada, mi silla no está en pie./ En mi cama hizo nido el alacrán y las sábanas son sudarios congelados./ He perdido pedazos de mi cuerpo, trozos irrecobrables“. Es las más de las veces el dolor, y no los finales felices de Capra, quien nos cuenta las cosas más nobles del hombre. Como les ocurría a los que contemplaban el llanto de Jesucristo ante la tumba de su amigo Lázaro, “cómo lo quería“. La poesía triste de Orozco es el canto alegre a lo imperecedero, a lo que no merece perderse.

Se muere una amiga de toda la vida, Yola, y la artista le dedica un poema triste de vidas que compartían una misma trama del tapiz y de repente los hilos se pierden, “voy a partir en dos nuestras hogueras” (¿hay definición más hermosa de la amistad?), “tu ciencia fue trocar en prodigio cada error/ y convertir las culpas y las furias en un grano de sal,/ ¡ah, tu alquimia secreta para lograr el filtro del olvido!“. Y la Orozco refleja una verdad a la que los creyentes siempre atendemos cuando se nos muere alguien que anduvo con nosotros de cerca: él ya sabe por fin quién es Dios sin reflejos, y qué hay detrás, “ahora ya eres reina. Tú llegaste primera,/ y ahora soy apenas poco más que mendiga en el final de la carrera. Tú ya lo sabes todo,/ y hasta podrás mirar por dentro un hormiguero, sí, como querías“. Y parafrasea aquello tan hermoso que escribió Gabriel Marcel de amar es decir tú no morirás. Le dice a la amiga que ya no está, “tú, la más imposible de los muertos“.

En muchos poetas hispanoamericanos hay tanta exuberancia de mundos oníricos y metafísicas de palabras que no aluden más que a sí mismas, que leer a Olga Orozco es volver a la consistencia de las cosas.

Javier Alonso Sandoica

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