martes, 17 octubre, 2017

Varados


En la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias celebrada la semana pasada, el príncipe Felipe pronunció unas palabras cargadas de sensatez:

“Aún cuando nuestra preocupación prioritaria sea la crisis económica y cómo salir de ella, no debemos dejar de pensar también en la España que queremos en este siglo XXI”

Lo sucedido la noche de Halloween en el Madrid-Arena debería hacernos echar el freno de mano. Esa España que estamos construyendo hace aguas. Mientras que la educación y los valores que estamos proporcionando a las nuevas generaciones esté tan por debajo de la línea de flotación seguiremos siendo un país varado.

Escuchaba en las manifestaciones contra la reforma educativa, “Más educación, menos represión”. Ese complejo a decir NO se ha transformado en unas leyes que garantizan la libertad y el derecho para realizar sexo a los trece años y el aborto libre y sin consentimiento paterno a los dieciséis. ¿Cómo podemos entonces impedir que miles de menores se reúnan en una fiesta para escuchar su música favorita, mientras comparten drogas y alcohol con sus amigos? La pregunta está llena de complejidad por el hecho de que la respuesta pasa por admitir que hemos construido una sociedad donde las fronteras se han difuminado hasta desaparecer. Una sociedad que ha transformado el concepto de libertad hasta convertirlo en el escudo del abandono de la educación. Pocos se han quejado, pocos son los que han levantado la voz contra un modelo de sociedad tan lleno de vacío que tarde o temprano reventará.

“Mientras que la educación y los valores que estamos proporcionando a las nuevas generaciones esté tan por debajo de la línea de flotación seguiremos siendo un país varado.”

Y es que ésta depresión económica no trae incluido el derecho a la dejadez de nuestras obligaciones. La historia de la economía tiene forma de hoja de sierra, y aunque es verdad que los dientes de esa hoja nunca son regulares, lo cierto es que siempre se acaba saliendo del valle. Entre todos acabaremos pagando una vajilla nueva, pero de nada sirve una vajilla si no enseñamos a nuestros hijos cómo deben sentarse a la mesa. Saldremos de la depresión, pero nada volverá a ser lo mismo mientras sigamos equivocados en lo elemental. Porque la educación es como una casa, cuando está deshabitada acaba por hundirse. La educación necesita cuidados, reparaciones y alguna mano de pintura de vez en cuando. Algo que parece tan sencillo, debe no serlo porque a nuestra educación le están saliendo grietas que se abren bajo nuestros pies.

Entre las inocentes peticiones de “Truco o Trato”, y la irreparable tragedia del Madrid-Arena nos hemos dejado, no sólo la inocencia, sino los valores que constituyen nuestra esencia. Las responsabilidades del hecho puntual las decidirá la Justicia, pero no nos engañemos, todos tenemos responsabilidad en lo sucedido mientras no volvamos a ocuparnos de cuidar nuestra propia casa.

José Cabanach

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