Miércoles, 16 Agosto, 2017

Mátalos suavemente, o de cómo despertarse de un largo sueño americano


María Smith

María Smith

“Mátalos Suavemente” es el título de la película protagonizada por Brad Pitt y dirigida por Andrew Dominik, quien ya llevase a las salas al borde del suicidio colectivo gracias a su fallida “El Asesinato de Jesse James por el cobarde de Robert Ford”. El argumento es simple: dos yonkies ex convictos que viven en una ciudad atestada por la corrupción, el paro y la desesperación, atracan una timba ilegal de póker. La mafia decide dar un escarmiento ejemplar a los dos ladrones y contratan a Cogan (Brad Pitt), un asesino a sueldo que se encarga de liquidar a todos los involucrados. Y, todo sea dicho, hace su trabajo muy bien. Lo dicho: un argumento simple, inspirado en una de las tantas novelas de género policiaco de George V. Higgins.

Aunque se trata de una película que cuenta con una estupenda dirección, un reparto de lujo que completan Richard Jenkins, Ray Liotta y James Galdonfini, una edición de sonido ejemplar y una banda sonora compuesta por una única- y gran- canción, lo más interesante de esta película es su discurso narrativo, su fondo. Podríamos decir que hay dos historias paralelas, la que nos cuenta la historia de Cogan, y la que se cuela a través de las pantallas de televisión, las radios que escuchamos de fondo, las vallas publicitarias que cercan la ciudad o incluso las conversaciones espontáneas entre personajes; la de las elecciones presidenciales de 2008.

La película, cruda, con unos diálogos mucho más violentos que los tiros que pega Pitt y una desazón que se convierte en desaliento, no nos habla de la mafia, de la corrupción, del escenario devastado de Nueva Orleans (lugar de filmación). Nos habla del desengaño que ha supuesto la era Obama o incluso más allá, nos habla del despertarse a la realidad de que América era un sueño. O esto parece querer decir con el discurso que Brad Pitt pronuncia y que cierra la película mientras escucha a Obama hablar…. “Y ahora dirá que somos un pueblo y toda es mierda…América es un negocio, así que paga”.

Efectivamente ésta es la era del desengaño. La que la mayoría de los americanos veían venir y la que les impulsó a ser “más americanos que nunca” y aferrarse al “yes we can” y al “hope” de Obama. América, ante una situación económica devastadora, mucho más inquietante que la del 29, consciente de la crisis de valores y de la pérdida de conciencia moral y política, aún herida, conmocionada y asustada por el 11-S, dividida en cuanto a posiciones sobre política exterior, decidió aferrarse al sueño americano. Al que soñaron y dieron forma los sus Padres Fundadores hace ya más de 200 años.

Los Estados Unidos de América son diferentes a cualquier otra nación en pocas cosas, pero en cosas fundamentales. Por un lado se trata de una nación creada de un modo artificial y meditado. Una nación de inmigrantes, que conocía bien el Antiguo Régimen y la historia de Europa. Los Padres fundadores leían los versos de Virgilio, las teorías de Aristóteles y “la historia de Roma seguía siendo un texto base sobre los asuntos del hombre, de la libertad y de la política” . Para nosotros europeos, dominados por ese sentimiento antiamericano, es difícil comprender la autoconciencia que los estadounidenses tienen de sí mismos. Para nosotros, españoles, tal vez lo sea aún más. Pero está ahí, tan presente ahora, como cuando se redactó la Declaración de Independencia.

¿Es América un destino o es un experimento? América fue tradicionalmente concebida como un experimento y, como tal, podía fallar. Conscientes de que Roma cayó por el vicio y la depravación, los fundadores de la nación- cargados con el pesado yugo de un dios calvinista-, concebían la vida como un periodo de prueba más que un periodo de realización y búsqueda de correspondencia y dominaba la falta de confianza en la naturaleza humana, que era débil y trágica. Por desgracia para muchos y para el resto de naciones, la influencia de Calvino no quedó ahí. Frente a esta idea que Schhlensinger denomina tradición, surgió la “contra-tradición” , la idea de la república americana como un destino divino. Los calvinistas de Nueva Inglaterra comenzaron a proclamar la idea de que los colonos eran el nuevo pueblo elegido. Aquellos a quienes Dios regaló América para poder redimir al mundo y propagar los valores de la democracia, la igualdad y la libertad. Aquí tal vez podamos encontrar la raíz de ese complejo mesiánico que conmociona para bien o para mal, al resto de habitantes del mapamundi –y a los de algún satélite adyacente.

He aquí que “Mátalos Suavemente” plantea algo más que las simples hazañas de un asesino a sueldo y su particular gestión de los negocios. Y la historia de fondo, la de la crisis económica y moral, la del “In God We Trust” y el “Yes we can”, pasa a ser la fundamental -a veces el cine consigue esas cosas; pasar del fotograma a la conciencia y de la conciencia a la consciencia-, una historia que nos habla de ese experimento que presenta como fallido. Pero el film carece de una visión real y completa del hombre. La humanidad de los personajes queda aplacada por la perversidad y el vicio, por la debilidad, por el peso de un hombre creado débil e incapaz y, en cierto modo abandonado. Unos personajes que son incapaces de mirar al otro y ver a un “alguien” completo, más que a un “algo”. Personajes que dirigen su mirada hacia la satisfacción inmediata de los instintos; pesimistas animales que anulan su capacidad de mirar; de dirigir sus ojos y levantar su mirada al cielo. Unos personajes individualistas incapaces ni siquiera de anhelar. Nos habla de aquellos ciudadanos perdidos en la época del consumismo exacerbado, del aceleramiento y el “quiero más”. De todo ese tiempo en el que los americanos – y los que no lo somos tanto- cambiaron el vivir por el consumir. De la falta de responsabilidad de quienes mueven los hilos, en el caso de la película personajes sin identidad a los que constantemente se refieren como “ellos”. Nos habla de esa crisis de valores, de la falta de reconocimiento de la dignidad, de la desconfianza en la justicia, de la podredumbre de Wall Street. De los hombres sin nombre que llevaron a América a la ruina, de los que nunca fueron condenados por su falta de ética profesional, de aquellos a los que Obama prometió llevar a juicio y nunca hizo, de aquellos a los que se condenó y torturó como chivo expiatorio – como al pobre Ray Liotta, quien a pesar de su falta de capacidad gesticular consigue despertar cierta ternura-. De Guantánamo, y los otros guantánamos que Obama prometió cerrar y no hizo. Cierto es que Obama no lo ha tenido fácil, con dos cámaras divididas, una situación política exterior compleja y una sociedad altamente individualista en tanto y cuanto al gobierno se refiere.

Al americano le cuesta ceder cierta libertad individual para concedérsela al Estado, éste ha sido uno de los principales problemas con los que ha tenido que lidiar Obama. Pero el americano, mucho más complejo que nuestros esquemas europeos y que tendemos a reducirlo al cowboy de gatillo fácil o al soldado implacable y falto de piedad, va mucho más allá. Su sentimiento de comunidad y su capacidad de acogida es enorme y generoso. Desde las ligas que se crean en cada vecindario en pro de la solidaridad y el bien común, hasta los grandes movimientos que han hecho tanto por el país y han hecho de él lo que es hoy.

A pesar de la gran decepción y el enorme desengaño que ha supuesto Obama, América tiene la gran virtud de tener claro lo que quiere llegar a ser, su objetivo. Se niega a ser un negocio y se sabe un pueblo unido más allá de las diferencias estatales- que son enormes- y un claro punto de partida que les permitirá regenerarse: “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno (…)”

Y permítanme si me muestro optimista al asegurar, que éste es un buen momento para América, un momento de grandes cambios éticos y sociales, de reestructuración política y económica. Cabe resaltar el movimiento “Ocupa Wall Street” mucho más instruido y civilizado que otros, los debates que se generan entre los intelectuales profesores de universidad – ahí hay de eso- o la cantidad de conversiones al catolicismo de los últimos años. Una época ardua y convulsa, en la cual los ciudadanos se han visto obligados a repasar su pasado, a mirarse a sí mismos y someter su nación a examen. Esta indignación y esta frustración que son fruto no solo del desengaño, sino del reconocimiento de unos anhelos humanos universales, no dejan de ser signos claros de que por fin se deja de mirar hacia lo inmediato, se deja espacio a lo interior y se alza la cabeza al cielo y películas como “Mátalos suavemente”, a pesar de ser trágicas, no dejan de ser el grito de aquél que ha mirado dentro y no ha encontrado correspondencia.

María Smith

Comentarios

  1. Acertadísima crítica. Da gusto que te permitan ahondar de esta manera en el transfondo de una película que, a decir

  2. Iré a ver la peli, me ha encantado la crítica.

  3. ¡Maravillosa crítica! Qué placer encontrar estas joyas en la red de vez en cuando. Con qué acierto describes el “espíritu americano”.

  4. Me ha encantado la crítica, te mete en la peli sin contártela, muy buena! felicitaciones

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