Jueves, 25 Mayo, 2017

La muerte nos sienta tan mal

La muerte nos sienta tan mal

Antes la muerte estaba presente en las casas. Velábamos a los nuestros en el cuarto de estar. No existían los tanatorios. Pasábamos la noche en vela acompañando al finado y a su familia. Rezábamos. Tradiciones superadas por la higienización

La muerte nos sienta tan mal




Las películas de miedo o la cosa esa de los zombies que arrasa sustituye a la reflexión personal y a la realidad más palmaria sobre la que no queremos pensar porque da mal fario.


Recordar a quienes ya pasaron, rezar por ellos, es también tener nuestra muerte más presente, más cercana Hoy no podemos estar tristes, no hay tiempo, hay que ponerse rápido a otra cosa o ir al psiquiatra.

Empieza el mes de noviembre y, como todos los años, recordamos a quienes ya no están con nosotros. La muerte nos queda así cercana, muy cercana. Y, sin embargo, pese a la americanada del Halloween y otras modas importadas, tenerla presente de verdad es algo del pasado. No se lleva, es de mal gusto, se tapa lo personal de ese tránsito al que todos tendremos que enfrentarnos con la chorradita del disfraz y otras bobadas. Hemos infantilizado el tema como un modo quizás de conjurarlo . Las películas de miedo o la cosa esa de los zombies que arrasa sustituye a la reflexión personal y a la realidad más palmaria sobre la que no queremos pensar porque da mal fario.

Antes la muerte estaba presente en las casas. Velábamos a los nuestros en el cuarto de estar. No existían los tanatorios. Pasábamos la noche en vela acompañando al finado y a su familia. Rezábamos. Supongo que hay tradiciones que se han visto superadas por la higienización y burocratización reinante que intenta hacer todo muy limpito y a ser posible rápido. Es cierto que todo lo que rodea a la muerte, incluyendo los funerales, puede ser más falso que Judas, algo externo y formal, que lo vivamos también como un trámite.

Es el tema por antonomasia con el amor, la muerte, en la literatura y en cualquier narración que se precie, porque es el conflicto humano más humano, el roce final por ese pasillo estrecho por el que todos pasamos. Por eso, de un modo u otro, la muerte sale al encuentro vestida de una doncella que abraza o de un hombre con una guadaña, y estaba y sigue estando así representada en las catedrales. Y hoy lo está también aunque aligerada en esos niños que se disfrazan y te piden truco o trato. Pero no, no hay truco ni trato con la muerte, y ahí está la trampa que hoy hacemos, calabazas, disfraces, caramelitos y otra cosa rápido. No estaría mal la cosa como diversión, lo malo es que nos la creamos.

“Ahora y en la hora de nuestra muerte”. Recordar a quienes ya pasaron, rezar por ellos, es también tener nuestra propia muerte más presente, más cercana. El duelo, ese tiempo tan necesario que antes se señalaba con el luto, el vestirse de negro porque hoy no estoy para nadie. Sí, posiblemente fuera una imposición y una faena. Pobres abuelas vestidas de negro porque siempre se les había muerto alguien. Pero también significaba algo. Hoy no podemos estar tristes, no hay tiempo, hay que ponerse rápido a otra cosa o ir al psiquiatra.

La trascendencia no está reñida con el humor. Por eso el humor negro es a veces tan descacharrante y tan español en algunas de sus variantes. “A mí no me enterréis en la Almudena, que la resurrección va a ser un lío con tanta gente levantándose… ” decía mi padre. Lo llevamos a un pequeño cementerio para cumplir su última voluntad. Allí descansa.

Aurora Pimentel

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