sábado, 21 octubre, 2017

El sermón de la caseta


Diego Sinova / El Mundo

 

Bienaventurados los que arriesgan su techo y su honra y no necesitan más que unas lonas, una imagen, un un camping gas, una estufa de parafina y un ventilador con aspas, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los que siguen, hasta agotarlos, los procedimientos de la justicia sin ceder a la rabia, sin reclamar con violencia lo justo, sino que esperan en la libertad del que juzga, porque ellos posseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que sollozan con la mirada vacía al escuchar la música de los años ochenta, de los años en los que se levantaban para estudiar, para reír, para agarrar la vida con sus manos. Bienaventurados los que sollozan con la mirada vacía cuando un testigo surge de la nada para confirmar que era cierto, que el anestesista estaba ausente y tardó cinco minutos eternos en llegar; que era falso, que Antonio no se ahogó con su propio vómito haciendo su desgracia inevitable; que era cierto, que todos habían mentido desde entonces; porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que, durante 23 años, recurren, acampan, declaran, soportan, llaman a las puertas del tribunal de Derechos Humanos de la ONU, escriben al Rey y a Esperanza Aguirre, y se van a dormir cada día con las manos vacías y en la boca del estómago el hambre hasta la náusea de “justicia justa”, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los abogados que asumen como propia la injusticia sufrida por una familia indefensa y defienden causas desesperadas sin cobrar un euro por ello, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los que, al mirar a Antonio Meño, no calcularon su porcentaje de humanidad, buscando el consenso sobre si su llanto era reflejo y sopesando la dignidad de una vida en camilla, sino que se plegaron al misterio de un silencio perenne y le sirvieron hasta las canas, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que son condenados a pagar los 400.000€ de costas de un juicio injusto, con amenaza de embargo de su piso en Móstoles, mientras ven cómo el responsable de la condena de su familia sigue ejerciendo en libertad, amenazando la vida de nuevos Antonios, con sus sueños de ser abogado, con el capricho de una cara distinta, con la ligereza de sus 21 años, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os lean la sentencia según la cual vosotros sois los culpables de un juicio innecesario y debéis cargar con el peso de la silla, de las costas, de la vida muda de Antonio, y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por causa de la verdad.

Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Me gusta incluso más que el anterior. Bien visto.

  2. Me ha encantado, Lupe. ¡Felicidades!

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