Lunes, 26 Junio, 2017

De justicia , solidaridad, caridad e hipotecas


¿Es justo que un cliente que firmó una hipoteca para la compra de una vivienda cuando la economía iba bien hoy la pierda porque incumple las condiciones del contrato que firmó? Sí, es justo. Por desgracia, nada tiene que ver con la justicia el desahucio de personas, como las que han acampado frente a la sede principal de Caja Madrid a unas pocas manzanas de la Puerta del Sol. Es solo una pataleta tachar de injusta la situación de una familia que, con todos sus miembros en paro, no ha sido capaz de pagar la letra de la hipoteca a la que sí podían hacer frente cuando los dos trabajaban y las arcas domésticas se llenaban con el dinero de las muchas horas extra que parecían infinitas. Es una pataleta porque no está ahí la solución.

¿Es justo que los bancos reciban del erario público, un dinero que necesitan para no hundirse o, simplemente, para seguir manteniendo sus “ratings” saneados, conservar unas cuentas de resultados razonables y garantizar la confianza de los inversores? ¿Es justo que se les ayude a resolver problemas generados por decisiones que sólo ellos tomaron y que entonces les parecieron muy adecuadas por los pingües beneficios que les reportaron? No, no es justo. Es tremendamente injusto emplear ese dinero en la salvaguarda de los bancos mientras personas que necesitarían que ese dinero se repartiese en forma de ayudas ven cómo se evapora en forma de asientos contables en entidades sin rostro.

Pero lo que la justicia, entendida como la recta aplicación de las normase establece como acorde con la legalidad, puede no representar esa noción de justicia social que desarrolla la Doctrina Social de la Iglesia y que la vorágine de esta crisis debería ayudarnos a recuperar.

“La solidaridad es una virtud eminentemente cristiana. Es ejercicio de comunicación de los bienes espirituales aún más que comunicación de bienes materiales”. Y es que en esta crisis la justicia no está resultando el criterio más adecuado porque la justicia, ciega como es, no siempre entiende de dignidad de las personas.  Por eso es imprescindible que no sea la justicia el único elemento Salvador de la situación. Entra la solidaridad en juego. E solidario que los organismos públicos estatales y supranacionales inyecten dinero en el sistema financiero que, correcto o no, es, indudablemente, pieza clave del engranaje completo de la economía. La sociedad depende tanto de los bancos en las acciones más cotidianas, como cobrar la nómina o pagar el gas, que su ausencia generaría más de un quebradero de cabeza.

¿Y con las familias desahuciadas? Ahí entra en juego la caridad, entendida como ese amor tan grande que se expande necesariamente. “Amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”, dice la Iglesia. Y la caridad siempre florece por partida doble. Por un lado, “tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia”. Por otro, ayuda a proclamar esa dignidad que todos tenemos por igual y que la injusta justicia económica tala en esas ocasiones en las que, porque así lo dice un contrato, una familia más duerme al raso.

Solidaridad y caridad son las claves para salir de aquí y, como San Martín de Tours, repartir nuestra capa –no la que nos sobra- con el que hoy no tiene.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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