Viernes, 23 Junio, 2017

Y sin embargo, todo parece ilimitado


Decía Emerson que una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y esos difuntos pueden renacer, pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas. Esto no ocurre con las personas queridas, lástima. Por mucho que le pongamos empeño, hay otro empeño mayor por llevárselos. Sería hermoso volver a recordar al abuelo y al momento hacer acto de presencia. Se sienta a tu lado, exige su cognac y te cuenta lo que hizo ayer. Que no es verdad, que nos morimos. Morir es echar un cierre del que no tenemos el juego de llaves. Es potestativo sólo para el que anda muerto en vida, con la fiebre de la angustia, y busca dejarse morir o que lo maten. Pero para los que han descubierto el regalo de estar vivo, suena muy feo que todo esto se derrumbe con un fundido a negro.

La tumba más incómoda que he visto en mi vida es la de Susan Sontag en el cementerio de Montparnasse. Es un pozo negro sin muescas. Allí no existe nada que cuente quien se murió, ni tan siquiera se mantiene en el vilo de la lápida una frase. No hay nada, sólo fechas. Pero una fecha no cuenta nada, es como un dos más dos, que al cerebro deja frío. La fecha de las Navas de Tolosa no hace resonar de nuevo los miedos de la batalla.

La vida lleva implícita una trampa de inconsciencia, por otra parte sanísima, que Paul Bowles dejó escrita en “El cielo protector“: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuando llega, parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces volverás a ver salir la luna llena? Quizá veinte, y sin embargo, todo parece ilimitado“.

No creo que haya que pensar en morir sólo el Día de Difuntos, es más acertado el día en que ves reír a tu hijo de cuatro años y sabes que esa risa no se mantendrá eternamente, que no podrás protegerla de la indigencia de reveses de la vida, y que se apagará algún día. Y no es ración de pesimismo, sino ración reflexiva.

Y es la vida la que necesita explicación. La muerte sirve para recordarnos que es preciso saber vivir. Una reflexión sólida intuye que una explicación cerrada en las cuatro paredes de la inminencia, se asfixia en sí misma. La temporalidad da sólo razones de finitud, de acabamiento. Qué lucidez la de Borges cuando se preguntaba, ¿qué narices se produce dentro de mí para seguir estudiando inglés cuando sé que jamás llegaré a dominarlo? ¿A qué viene, nos preguntamos, esa intuición de eternidad que convive con nosotros en silencio?

Javier Alonso Sandoica

Comentarios

  1. Ocurrió el miércoles. Justo delante de la puerta de una pequeñísima tienda de antigüedades… mientras miraba las inmaculadas y los cristos que se amontonaban delante de mi vista. Allí, apoyado sobre la puerta, mi hijo de cinco años me preguntó si las personas se morían… Y dije que sí, y él arremetió con que si papá y mamá también. Volví a responder que sí. Y él preguntaba y preguntaba: ¿me voy a quedar solito? Y yo, no, no… Y él: ¿por qué? y otra vez, ¿por qué?, pero del modo más angustioso, más perentorio que jamás le he escuchado…
    Y ahí estamos, con esa primera conmoción existencialista, con sus cinco años… y su obsesión callada, disimulada por un cielo que no devuelve a la tierra a quienes amamos. Él ríe, juega… y de vez en cuando vuelve a preguntar… como si algo no cuadrase…
    La vida…

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