Jueves, 17 Agosto, 2017

Hoy se cumplen 500 años de aquella heroicidad


En menos de cuatro años pintó mil metros cuadrados, era un joven de 33 años que acababa de salir de su taller de escultura, un gigante con las manos sucias de barro, y apenas un mancebillo en pintura. El Papa le encomendó un milagro y Miguel Ángel no se achantó.

El pop art se ha cebado con la escena de la creación del hombre, y lo ha hecho con reproducciones que no hacen justicia a lo que allí se cuenta. Ese gesto tan sutil entre creador y criatura, el dedo divino que indica el otro dedo, el dedo mortal, donde sólo parece existir el vano de una respiración, muestra un respeto infinito entre ambas figuras. Es el exponente más hermoso de una atracción originaria. Ambos se miran, pero no como lo harían los extraños o los recién llegados. Tampoco se poseen como la mano hace con el pincel, la mirada los mantiene en una distancia suficiente donde no existen sino respeto y deseo.

Quizá en otras cosmogonías religiosas la separación divinidad/humanidad habría sido inequívoca, con muro por delante, no sé. En la herencia judeocristiana aparece sin embargo una especie de complicidad por defecto, de fábrica.

En ese quicio inicial se levanta la nostalgia que arrastra el ser humano en su periplo por la tierra, ¿por qué las cosas no duran como aquella mirada originaria?, ¿por qué nadie sostiene la mirada desde tan atrás?

Un espectador que sólo atendiera a la belleza de los colores y a la tensión de ambas figuras, desatendería la intención de Miguel Ángel: la transmisión, a través de la belleza de esa danza de manos, de la clave de bóveda de toda una civilización. El hombre camina en la velada certidumbre de un amor original.

Hoy se cumplen 500 años de aquella heroicidad.

Javier Alonso Sandoica

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