Jueves, 25 Mayo, 2017

La gloria era esto


Filippo Monteforte / AFP

 

Parece que fuera látex, una máscara pesada y sudada por dentro, ligeramente despegada de la piel y, por ello, siniestra. Y Silvio tira de ella cansado, mientras se aleja del objetivo, de la política, del teatro. Su mano veraz de anciano ofrece un color humano que subraya el artificio.

Silvio tira pero la máscara aguanta.

Y la línea oscura que separa la carne del inicio del cabello – que Silvio sueña pelazo – está cincelada con tanto esmero como la del busto que guarda sus espaldas. Que desde el pasado le frunce el ceño. Porque el mármol es eterno y la hiedra también; pero la eternidad viene luego, cuando el pueblo te ha llorado, muerto y sepultado y tu nombre persiste por méritos propios. En ese momento, Silvio, viene la gloria. Y, en efecto, te importa más bien poco para entonces.

Michael Jackson miraba a Peter Pan, él miraba a cualquier emperador que hubiera dirigido Roma antes, prácticamente desde su mismo asiento. Un poder sempiterno y, además, bien parecido; una virilidad machacona, a poco de calzarse la túnica y llegar en caballo al Parlamento; las mujeres, ovunque! y probablemente esto último es su aportación al perfil. Con una leyenda propia, llegó, vio y venció desde fuera (¿qué épica acompaña a un político de carrera?), haciendo nuevas todas las cosas, carne de hagiografía. Miraba a los emperadores y, sin embargo, ha terminado acercándose a su propio guiñol.

Es la historia, Silvio, que aclara que no se puede reservar sitio para la posteridad, que polvo eres, en polvo te convertirás y luego ya veremos.

La máscara no cede y la hiedra, que era eterna, amarillea. Silvio está solo en la foto, se aleja del objetivo sin que nadie se quede en su lugar a sostener la mirada a la cámara, o al emperador, o incluso a la hiedra. Un imperio sin heredero, mármol con grietas. Y, aunque de espaldas, nota la mirada del busto clavada en su nuca. Es la historia, Silvio, que aclara que no se puede reservar sitio para la posteridad, que polvo eres, en polvo te convertirás y luego ya veremos.

Ahora tendrá tiempo de contemplar sus manos realistas y, quizá, mimetizarse con ellas. Despertarse un día teniendo su propia edad, descubrir que, sin querer, se ha convertido en él mismo. Y presentar a la gloria alguien más joven, quizás un chaval de su edad, que aún pueda sacarla a bailar y hacerle brillar los ojillos.

La máscara naranja y el pelo dibujado le mirarán desde las fotos mofándose y diciendo “¿te acuerdas, Silvio? La gloria era esto”.

Guadalupe de la Vallina

Comentarios

  1. Muy ilustrativa la foto y muy buen artículo. Felicidades!

  2. Andrés Pazos dice:

    Las palabras resuenan y dulcifican el drama silvino. Bravo.

  3. Muy buen artículo.
    Esa foto es muy ilustrativa y has sabido sacarle partido. Enhorabuena!!

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